martes, 5 de abril de 2011

CUANDO LUCHAR TIENE SENTIDO.




Por Cesáreo Silvestre Peguero. 
 

La lucha es el ejercicio constante que tiene como fin alcanzar el logro
en cualquiera de los variados propósitos que cada cual se traza
en la vida. Esas realizaciones son importantes y útiles cuando el fin es de bien para todos. –Como el que tenía la luchadora campesina
Mamá Tingò, que ¡tanto luchó! favor de sus compañeros de jornadas, con quienes libró grandes batallas en procura de que los desposeídos tuviesen derecho a cultivar las tierras.
Reitero, su lucha no fue particular, sino fusionada con las de los demás, en provecho de cuantos le rodeaban.
Con excepción de los oportunistas, terratenientes y opresores en contra de los derechos comunes.
En su piel parecería reposar el negro oscurecer de su parecida
noche: Cuando descansan los trabajadores.
A esa ejemplar mujer le caracterizaba el interés por sus con
ciudadanos. La justicia social era su semejante. Se dejaba invadir del amor al prójimo, esa actitud le concedió la admiración y el respeto de todos los perseverantes.
A pesar de que Florinda Soriano Muñoz (Mamá Tingó) era una dama “iletrada,” tenía condiciones y carácter suficiente para representar la lucha contra los desalojos injustos.
Su limitación educativa se debió al tiempo que le ocupó el cultivo
y siembra de los productos cosechados en el campo.
A la edad de 5 años murió su madre siendo criada ella y sus hermanos
por su abuela Niní Soriano. Aún con edad de niña acompañaba a su abuela, junto a sus hermanos, por las calles de la capital, vendía unas bolsitas llenas de carbón, que ella misma ayudaba a preparar llenándolas y colocándolas en las árganas de los animales. “Cadbón,
cadbón”, voceaba con su voz infantil por “La Capotillo”, ahora
avenida Mella, antes “El Camino de los Burros,” por los barrios de Ciudad Nueva, San Carlos, San Miguel, San Lázaro, “cadbón, cadbón”.
Años más tarde se casó con Felipe Muñoz, con quien decidió tener sus hijos y sostenerlos del trabajo sagrado de sembrar la tierra.
Su esposo Felipe, murió asesinado en un pleito de galleras, dejando en orfandad a sus hijos, el mayor, Domingo Tingó, tenía seis años.
La ausencia de su esposo le hizo esforzarse aún más, teniendo que enfrascarse a trabajar con más insistencia para obtener el sustento de su familia por sí sola. Cosechaba variados productos que vendía,
entre ellos cajuiles, aguacates y bijas. Esa dama trabajadora y de
temple iba a los campos a labrar y cultivar la tierra con su habitual
machete usado como herramienta. Tras el paso de los años y al
quedar viuda, se unió con el agricultor Jesús María de Paula.
Un militar conocido como Pupo Román se había adueñado de forma impropia de las tierras que eran cultivadas por honradas mujeres y
hombres; quienes fueron desalojados arbitraria e imprudentemente, y a quienes les fueron derribadas sus casas construidas con mucho
esfuerzos y escasos recursos.
No fueron alambradas de inmediato las propiedades, pero por él fueron “vendidas” a Virgilio Pérez, quien a esas tierras llevaba sus vacas que comían y atrofiaban los sembradíos de los agricultores
que con entrega las cultivaron, y que luego araron tractores
sembrándolas de piñas.
Quintales de bija, café, cajuiles y otros productos del campo fueron destruidos; pero aún los campesinos permanecían habitando allí, ejerciendo las labores que hacen producir los campos para provecho de todas las grandes ciudades del mundo.
Años más tarde surgió un “nuevo dueño” llamado Pablo Díaz, quien alambró esas tierras, terminó devorando con tractores esos conucos cultivados por largos años.
Pagó a un contingente de policías de los que aterrorizaban al país.
Entre esos oficiales se cita a un tal “Tipo-Tanque y otros”, que apresaban y maltrataban a los agricultores manteniéndolos en una constante zozobra, viéndose obligados a laborar casi a escondidas; permanentemente aquellos hombres y mujeres tenían que rehacer
sus conucos una y otras veces. El indicado acontecer fue protagonizado por la legendaria luchadora y dirigente excepcional Mamá Tingó, quien fue apresada. Sus
verdugos policiales engañaban a los campesinos hablándoles de reformas agrarias, en alianza y complicidad con sectores de laizquierda dominicana; se les ocurrió echarle a ella gratey y
pica-pica produciéndole alergias y picazones, pero se mantenía trabajando con su mocha.
La comunidad la escuchaba y respetaba. Ella entonaba el cántico:
“No me dejen sola, suban la vó/ Que la tierra e mucha y dá pa tó” En esas luchas tenaces Tingó y sus compañeros de luchas fueron golpeados, resultando con roturas de costillas, y numerosos moretones que fueron ocasionados en sus apresamientos y persecuciones.
Deshicieron algunas de sus reuniones en el lugar llamado “la tranquilidad”, que quedaba en la cercanía. 
Dicen que el terrateniente le ofreció “dinero y un apartamento” para que dejara la lucha; pero que ella le contestó que no, que ella prefería que la mataran, porque si no seguían la lucha no iban a conseguir que sus hijos, cuando ella faltara, y la comunidad pudieran trabajar la tierra. Siguió la “Lucha Grande”,
como fue llamada, hasta en los tribunales. Fue asesinada un primero de noviembre después
de regresar del sitio de Monte Plata, en el año 1974 en Gualey, Hato
Viejo, Yamasá, en República Dominicana.
Un individuo llamado Durín, disparó dos escopetazos contra Mama Tingó, quien así murió de
mano de un hombre cobarde que se resistió a tolerar las luchas de esa valiente mujer, que sirvió de ejemplo a seguir y no se dejo mancillar su honor.
En distintos países del mundo siguen siendo ocupadas las tierras
por poderosos…; pero se toman más en cuenta los derechos del
ciudadano gracias a los que han dejado su ejemplo como estandarte.
Mama Tingó era integrante de Liga Agraria Cristiana que componían 350 familias empobrecidas, que luchaban desde décadas. Hoy más que nunca se requiere la unidad para alcanzar las mutuas conquistas que nos corresponde disfrutar a todos
sin exclusión de género color ni estirpe social.
Las luchas reivindicativas protagonizadas por sindicalistas como Mauricio Báez y Mamá Tingó, deben ser causa de motivación por
parte de los dirigentes sindicales de hoy, que se han apartado
de los principios y las luchas, eso así, por el afán de beneficios
particulares que ejercen la mayoría de los partidos Políticos,
algunas iglesias, sindicatos y gremios; en los que sus integrantes
prefieren confabularse con los potentados.
En un país donde el Estado posee los derechos de propiedad sobre
extensas y diversas porciones de tierras distribuidas por toda la
geografía nacional, se ha permitido, desde la muerte de Trujillo en
el 1961, que gran parte de ese patrimonio pase a ser usados por
personeros ligados a los partidos políticos, los organismos armados
y las familias de terratenientes tradicionales.
Las personas que han habitado en muchas comunidades han sido
despojadas de sus derechos (muchas veces no asentados debidamente
en la jurisdicción de tierras), basados en la ocupación y permanencia
durante generaciones.
La Reforma Agraria fue limitada, y no incluyó los amplios predios del Estado con vocación agrícola, los ocupados por la otrora pujante Industria Azucarera y los usurpados por terratenientes en disputas con los pobladores rurales.
No se ha tenido voluntad política para hacer una verdadera transformación
agropecuaria que no solo dé acceso a las tierras a los
verdaderos agricultores, sino que ponga en sus manos los recursos
tecnológicos, financieros y de mercados que hacen eficientes a la
agricultura moderna. Esta es, lamentablemente, otra tarea

pendiente de quienes nos han gobernado.

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