domingo, 17 de abril de 2011

Expresar la verdad: ¿Un delito?


Cesáreo Silvestre Peguero. elperiodismoconsentido@gmail.com

Se tiene como delito, toda desobediencia a la ley o a las normas
establecidas. Es toda infracción violación o práctica de lo ilegal
que atente contra las buenas normas y sanas costumbres. Aunque
la verdad se enmarca en lo moral, no siempre ésta se tiene como
correcta, viéndose en ocasiones como un vulgar delito demostrarla
o expresarla. Desde tiempos antiguos se ha rechazado la verdad.
Se prefiere la argucia, la falacia cuando no la bastarda hipocresía. En la
supuesta “justicia humana”, muchas veces las injusticias, son
realidades y la “verdad” no siempre es justa. Esto ocurre cuando se
carece de escrúpulos y firme criterio. Las verdades sanan las inconductas y forjan el carácter. En cambio, las mentiras corrompen, dañan, encubren todo lo hostil y pernicioso que hace separar a las personas de Dios.
Ser correcto tiene su costo, vale la pena pagar el precio. Esto implica enfrentar y ser enfrentado, pero actuando con honradez se alcanza ser libre de conciencia, la que a muchos les falta.
Aunque veamos a algunos alegremente exhibir posesiones económicas, en el fondo, esas riquezas no son legítimas y tales éxitos son ficticias, porque no están sustentadas en obtenciones correctas, sino como resultado de engaños y turbios procedimientos
en donde se ausenta la honradez. Sigamos siendo veraces, transparentes y auténticos, siendo sinceros en la ejecución de las acciones sin dobleces.
Cuando se es sincero se hiere, pero se hace reflexionar y superar errores cometidos o en los que se puede incurrir en ciertos momentos.
Decir la verdad no es una falta; es un deber. Claro, hay que ser prudente y, expresarla en su momento oportuno, decirla si se hace necesario y si no se está expuesto al peligro.
La verdad siempre debe prevalecer aunque nos cueste, la verdad es Dios y si hay temor esto no es de Dios.
Las verdades surten efecto cuando se dicen en buen tono y, siendo
discreto si se está en público, para que el amonestado no se avergüence y por orgullo o falta de humildad rechace tal o cual verdad.

Se requiere también esperar que la persona esté en calma. Aún la verdad sea real en su totalidad, si se dice cuando la otra persona está alterada es imprudente su revelación, porque puede generar actitud de ira en el receptor, pudiendo la reacción producir violencia verbal
y hasta agresión física.
La verdad aunque sea legítima, no debe decirse con altanería ni de forma desafiante. No todas las personas asimilan con quietud a quien le enrostra la verdad. En todo caso, mantengámonos serenos.
La verdad es fuerte, pero nos hace reverentes. La verdad no mancha los labios de quien la dice, sino la conciencia de quien la escucha.

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